viernes, 2 de febrero de 2007

6- LOS ORÁCULOS DE CRESO:

Habíamos dicho casi al comienzo que, en Asia Menor, en la costa occidental de la actual Turquía, se asentaban tres grandes reinos, de los cuales, el más próspero y desarrollado era el reino de Lidia, con su capital Sardes como uno de los centros de poder y cultura más sobresalientes de la época.

En una ocasión, el sabio ateniense Solón (11) acudió a Sardes atraído por ese mencionado esplendor siendo acogido por Creso, rey de los lidios, en su palacio. Tres o cuatro días después de su llegada, una vez que hubo descansado de su largo viaje, unos sirvientes, siguiendo órdenes de Creso, lo condujeron por todo lo largo y ancho del palacio mostrándole sus inmensas riquezas.

- ¡Ateniense! – le dijo Creso cuando lo hubo contemplado todo – me he enterado que sabes muchas cosas y que has viajado mucho, por eso desearía hacerte una pregunta: ¿Has encontrado ya en tu vida un hombre del que puedas decir “es el hombre más feliz de todos”?. Creso formulaba la pregunta convencido de que Solón lo nombraría a él, pero su invitado respondió con toda sinceridad.

- Si, rey, Telo el ateniense.

- ¿Telo, Telo? – replicó Creso desconcertado - ¿Y qué tiene ese tal Telo para ser tan dichoso?

- Telo vive en una ciudad próspera – contestó Solón – tiene hijos hermosos y llenos de cualidades, los cuales, a su vez, le han dado nietos y todos le viven, y él mismo, comparado con el hombre medio, fue un hombre acomodado que terminó brillantemente su vida muriendo en el campo del honor en el curso de una batalla defendiendo victoriosamente a su patria, y todos los atenienses le levantaron un monumento en el mismo sitio donde murió.

- Bueno – asintió Creso ligeramente impresionado por el tal Telo – pero después de él ¿quién es el segundo? – preguntó pensando que ahora no podía ser otro que él.

- Cléobis y Bitón – replicó Solón -. Eran argivos, ricos y robustos, prueba de ello son los numerosos premios que ambos conquistaron en las competiciones gimnásticas. Pero esto no es todo; el día de la fiesta de Hera, su madre debía ser llevada en carro hasta el templo y los bueyes no llegaban. Como el tiempo apremiaba, los jóvenes se uncieron y arrastraron a su madre hasta el templo de la diosa, distante cuarenta y cinco estadios [1] y, ¿sabes como murieron? Tras esta hazaña, todos los ciudadanos de Argos los rodearon y felicitaron a su madre por tener tales hijos, y ésta, en el colmo de su alegría, se volvió hacia la estatua de la diosa y le pidió que otorgase a sus hijos la mayor felicidad que puede alcanzar un hombre. Los dos muchachos, una vez dentro del templo, y como producto del enorme esfuerzo realizado, durmieron su último sueño. Los argivos les levantaron dos estatuas y las enviaron a Delfos[2].

- Súbitamente, Creso estalló en cólera: ¿Y qué haces de mi propia felicidad? ¿La colocas acaso más a ras de tierra que ya no iguala ni siquiera a la de los vulgares ciudadanos?

- Creso – replicó Solón – una vida humana dura por término medio unos setenta años, que suponen un total de veintiséis mil doscientos cincuenta días. Ahora bien, entre todos esos días, ni uno solo se parece al otro. El hombre, Creso, es juguete de la Fortuna. Tienes inmensas riquezas, reinas sobre miles de súbditos, pero decirte que eres feliz no podré hasta que toda tu vida concluya sin desgracias. El hombre rico al que no acompaña la suerte no es más feliz que el que vive al día. El rico tiene dos ventajas: puede satisfacer todos sus deseos y soportar los golpes de la adversidad, pero el pobre al que acompaña la suerte tiene otras muchas ventajas, pues no tiene que aguantar los golpes del infortunio ya que su suerte le protege. ¡Ahí tienes al hombre feliz que buscas! Mientras uno no muera, no lo llames feliz, di a los sumo que tiene suerte. En todas las cosas, Creso, hay que mirar el fin. ¿Cuántos no han visto como un buen día se les escapaba cruelmente de las manos la dicha que poseían?

Sin embrago, Creso no entendió ni una sola palabra y, encogiéndose de hombros, se alejó. No tardaría en encontrar sentido a lo que Solón le había dicho ( 12 ).

Con motivo de la expansión de los persas, los ejércitos de Ciro amenazaban ya las fronteras de Lidia como paso previo a la invasión de la Hélade. Ante tal amenaza, Creso decide consultar los oráculos con el fin de conocer las posibilidades de contener el arrollador avance de los persas. No obstante, Creso quiso asegurarse antes de cual de los distintos oráculos era el más veraz, para lo cual envió emisarios a los santuarios más famosos de la época: Delfos, Dodona, Olimpia, Mileto, así como a los oráculos de Trofonio y Anfiarao, dándoles las siguientes instrucciones: “Vais a contar cien días desde la fecha de vuestra salida y, transcurridos éstos, formularéis al oráculo la siguiente pregunta: ¿Qué hace en este momento Creso, rey de los lidios? Anotaréis la respuesta y me la traeréis”. Desgraciadamente sólo conocemos la respuesta dada por el oráculo de Delfos:

"Sé contar los granos de arena y medir el fondo de los mares;
al sordomudo entiendo y al que habla oigo.
A mis sentidos llega el aroma de una tortuga de piel rugosa,
que en recipiente de bronce cociendo está con carne de cordero;
bronce tiene abajo y bronce la recubre."

Los lidios anotaron las respuestas de los distintos oráculos y se las llevaron a Creso, el cual, al comparar cada una de ellas supo que el único oráculo veraz había sido el oráculo de Delfos, pues, en efecto, el día señalado había cortado en trozos una tortuga y un cordero y los había cocido en una caldera de bronce ( 13 ).

Creso envió ricos presentes de oro, plata y marfil al santuario de Apolo en agradecimiento a su veracidad y con el fin de granjearse los favores del dios. No obstante, al mismo tiempo que hacía entrega de sus donativos, pidió a los emisarios que hicieran una nueva pregunta al oráculo:

“Creso, rey de los lidios,
considerando que sois el único oráculo veraz que existe,
os ofrece estos presentes y querría saber
si debe o no debe declarar la guerra a los persas”.

A lo que Apolo contestó:

“Creso, cuando cruces el Halis [3], derribarás un gran imperio”

Creso recibe la contestación con gran alborozo y volvió a enviar al santuario de Apolo un gran número de donaciones, hasta tal punto que también los habitantes de Delfos recibieron oro del rey. Aquellos, en agradecimiento, les concedieron a todos los lidios la “protomanteia” (prioridad en la consulta al oráculo), la exención de pagar las consultas y la ciudadanía délfica. Pero Creso no quiso dejar pasar la ocasión para hacer una nueva consulta al dios, formulándola en relación a la duración de su reinado. A lo que el dios respondió:

“Mira, cuando un mulo sea rey de los medos,
entonces, lidio de afeminado andar,
allende el pedregoso Hermo
[4] huye,
no te quedes ni te avergüences de ser cobarde”


Con esta respuesta, Creso, considerando con lógica que nunca un mulo podría llegar a reinar sobre los medos, dedujo que su reinado no tendrá final, lo cual, unido al oráculo anterior, provocó que el rey lidio se dispusiera a preparar la guerra contra el próximo invasor. Sin embargo, tras sólo catorce días de asedio, Sardes cayó en manos de los persas y el ejército lidio fue aniquilado, al mismo tiempo que Creso fue hecho prisionero y conducido en presencia de Ciro. Corría el año 546 a.C.

Una vez apresado Creso, Ciro ordenó que fuera quemado en una pira, y cuando el lidio sentía ya el calor del fuego en sus carnes, recordó el diálogo que tiempo atrás había mantenido con Solón acerca de la felicidad, de tal manera que, comprendiéndolo ahora súbitamente, gritó desesperado el nombre del sabio tres veces. Sorprendido, Ciro ordenó a su intérprete que pregunten a Creso a qué dios invocaba:

“No invoco a un dios sino a un hombre
que yo hubiera deseado a cualquier precio
que hubiese mantenido entrevistas
con todos los monarcas de la Tierra”

Y con voz entrecortada le relató a Ciro el diálogo que había mantenido con Solón. Aquél, comprendiendo así la desgracia que ahora padecía Creso, antes poderoso, también podía llegar el día que le alcanzara a él, por lo que ordenó que el rey lidio fuera bajado de la pira.

- Creso – preguntó el persa - ¿quién te instigó a invadir mi territorio y a convertirte en mi enemigo?

- Majestad – contestó Creso – he obrado así en razón de tu buena suerte y de mi mala fortuna; pero el responsable de ello ha sido el dios de los griegos al inducirme a emprender la guerra, pues nadie es tan estúpido que prefiera la guerra a la paz. En ésta, los hijos sepultan a los padres, mientras que en aquella, son los padres quienes sepultan a sus hijos.

Ciro ordenó quitar las cadenas a Creso y lo invitó a sentarse a su lado.

- Majestad – preguntó Creso mientras observaba como los soldados persas saqueaban Sardes – en las presentes circunstancias, ¿debo decirte lo que pienso o debo permanecer callado?

- Di cuanto desees, Creso.

- ¿Qué está haciendo con tanto afán esa muchedumbre?

- Están saqueando tu ciudad y llevándose tus bienes – contestó Ciro - .

- No, te equivocas Ciro, no están saqueando mi ciudad ni llevándose mis bienes, sino que saquean tu ciudad y se llevan tus bienes, pues ya nada de ello me pertenece sino a ti.

- Aún así, ¿qué malo ves en ello? – preguntó Ciro - .

- Ciro, los persas son gente generalmente pobre; por tanto, si les permites apoderarse de grandes riquezas, puedes esperar que aquel que se apodere de una suma mayor algún día se levantará contra ti. Por ello, si te parece bien lo que te digo, haz esto: Aposta en todas las puertas a centinelas de tu guardia personal para que confisquen el botín a los saqueadores y les digan que es menester deducir del mismo el diezmo para el dios. De esta manera no te granjearás su odio, y ellos, considerando que obras con justicia, lo entregarán de buen grado.

Este consejo le pareció excelente a Ciro y actuó en consecuencia, mientras que a Creso, que había con ello demostrado su intención de serle útil, le animó a pedirle lo que en ese momento deseara.

- Señor, me harás un gran favor si me dejas enviar estas cadenas al dios de los griegos, a quien yo honré de manera preferente, y preguntarle si tiene por norma engañar a sus fieles.

Ciro accedió a la petición de Creso y éste envió una delegación de lidios a Delfos con el siguiente encargo: “Colocaréis estas cadenas en el umbral del templo y diréis esto al dios: ¿No te da vergüenza el haber incitado a Creso a lanzarse contra los persas, prometiéndole que si así lo hacía derribaría un gran imperio y, aún más, que su reino no tendría fin a menos que un mulo llegara a ser rey de los persas? ¡Esta es la gran victoria que ha obtenido Creso!, y dicho esto, enseñaréis las cadenas [5]”.

La delegación de lidios llegó a Delfos e hizo cuanto les había encomendado Creso, pero la Pitia les respondió:

“El dios había predicho que si cruzaba el Halis
destruiría un gran imperio, pero Creso, en su soberbia
y en su ceguera, no tuvo ni la más elemental prudencia
de preguntar de qué imperio se trataba.
¡Era tu imperio, Creso, el que derribarías,
y no quisiste comprenderlo!,
y en cuanto al oráculo que habló de un mulo,
tampoco Creso quiso comprender nada,
pues dicho mulo no era otro sino Ciro, rey de los persas,
nacido de la unión entre una persa de la alta sociedad
y un hombre de la clase más humilde,
de la misma manera que un mulo nace del cruce
de una yegua y un burro”.

Los lidios anotaron la respuesta, regresaron a Sardes, y una vez que Creso la hubo conocido, tuvo que reconocer que el único culpable de su desdicha había sido él y no Apolo, había sido él y no el oráculo, no el oráculo de Delfos.

[1] Unos ocho kilómetros.
[2] Las estatuas a las que aludíamos cuando efectuamos el recorrido por el recinto sagrado.
[3] El Halis era un río fronterizo entre el reino de Lidia y el Imperio Persa.
[4] El Hermo es un río que discurre próximo a Sardes para desembocar en el mar cerca de la actual Izmir (Esmirna).
[5] Argumento en que se basan aquellos que defienden que el áditon del templo se encontraba en el mismo nivel que el resto de las estancias, ya que, según este encargo de Creso, la Pitia podría ver desde la cella oracular la entrada a la nave.

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