En tiempos de la República, el Senado tenía entre sus competencias la alta vigilancia del culto, interpretaba los signos de los dioses en los casos más relevantes y controlaba los cultos a dioses extranjeros, prohibiéndolos si era necesario. Por su parte, los colegios sacerdotales, compuestos por numerosos estamentos, estaban constituidos, fundamentalmente, por los Pontífices, los Augures y los Arúspices.
Los Pontífices eran los encargados de la vigilancia suprema de la ejecución correcta de los ritos religiosos, se ocupaban de la reforma del calendario y llevaban la cuenta de los años.
Los Augures se encargaban de encontrar los dignos de los dioses, generalmente bajo la observación del vuelo de las aves, lo cual era conocido con el nombre de “auspicios” [1], los cuales eran buscados ante algún acto o evento de carácter público, de tal manera que, si los auspicios eran favorables, los planes proyectados se ejecutaban inmediatamente mediante la inauguración (“in auguratio”), la cual ponía en práctica los planes establecidos. Para encontrar los auspicios, el augur se introducía en un lugar cerrado, dividía mentalmente la bóveda celeste en cuatro sectores y, según el lado por donde aparecían las aves, establecía si los auspicios eran o no favorables. También de otras maneras eran buscados los auspicios, como bajo la observación de las gallinas sagradas (la manera en la que picoteaban el alimento, etc.), la existencia de rayos y truenos u otros fenómenos fuera de lo común.
Por último, los Arúspices, que no entraron a formar parte de los colegios sacerdotales hasta los tiempos del Imperio, eran de origen etrusco y se ocupaban de extraer signos divinos de las vísceras y de la sangre de animales sacrificados así como de implorar a los dioses en el caso de que se manifestaran fenómenos amenazadores.
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