Este razonamiento de Ruiz de Elvira, que goza de una fortaleza argumental incuestionable, resulta sin embargo, a mi juicio, excesivo, incluso diría que pretenciosamente excesivo, como pretenciosamente excesiva me parecería cualquier argumentación de aquel que, por poner un ejemplo, con el fin de demostrar que Clístenes nada tuvo que ver en la conjura que acabó con la vida de Filipo (en el caso de que se diera esta hipotética controversia), elabora una ampulosa teoría que, aún llegando a demostrar lo que se pretende, resulta injustificable por el mero hecho de existir una argumentación alternativa mucho más sencilla y contundente. Para seguir con nuestro ejemplo, resulta obvio que Clístenes nada pudo tener que ver con la muerte de Filipo pues, sencillamente, no fueron contemporáneos. A partir de ahí, todo lo que se argumente no dejan de ser licencias en pos de un innecesario lucimiento. Del mismo modo, en el caso que nos ocupa, que Pegaso no es quien hizo volar a Perseo se justifica, a mi entender y sin más alharacas, por el simple hecho de que Pegaso nació después de que el héroe decapitara a Medusa, y si, como los mitógrafos coinciden, Perseo llegó a la morada de las Gorgonas volando, no pudo hacerlo a lomos de un Pegaso nonato sino únicamente ayudado por las sandalias aladas de las Ninfas. Aquí comienza mi la gloriosa contribución a la mitografía :).
En esta agria polémica entablada entre dos de las figuras más señeras de la mitografía contemporánea, Ruiz de Elvira y yo mismo :), lo que realmente subyace es el problema de las contaminaciones que habitualmente sufren los episodios mitológicos y los pasajes históricos a lo largo del tiempo. Para poner un ejemplo paradigmático de ello, fijémonos en un proceso similar sufrido por uno de estos seres, asimismo monstruosos, suficientemente conocidos a nivel general aunque tan sólo sea en el aspecto concerniente a su imagen: Las Sirenas. En efecto, las Sirenas, hijas del río Aqueloo, junto con cuatro fuentes famosas en la Mitología y en la Historia (la fuente Castalia, ya citada; la fuente Dirce, en Tebas; la fuente Pirene, que hemos visto en Corinto; y la fuente Calírroe, en Etolia), son en la Mitología seres femeninos híbridos, con cabeza y busto de mujer; cuerpo, alas y patas de ave, semejantes, por tanto, a las Harpías [1], aunque, a diferencia de éstas, no habitaban bajo tierra o en cavernas sino en una verde isla sepulcral que unos situaban cerca del cabo Peloro (ahora Faro), en Sicilia, mientras que otros, los latinos, las situaban en las islas Sirenusas, cerca de Nápoles o en Capri, cuando, quizás lo más acertado sería incluirlas en el conjunto de las Islas Equínades, situadas en la desembocadura del río Aqueloo del que, en definitiva, eran hijas.
En esta agria polémica entablada entre dos de las figuras más señeras de la mitografía contemporánea, Ruiz de Elvira y yo mismo :), lo que realmente subyace es el problema de las contaminaciones que habitualmente sufren los episodios mitológicos y los pasajes históricos a lo largo del tiempo. Para poner un ejemplo paradigmático de ello, fijémonos en un proceso similar sufrido por uno de estos seres, asimismo monstruosos, suficientemente conocidos a nivel general aunque tan sólo sea en el aspecto concerniente a su imagen: Las Sirenas. En efecto, las Sirenas, hijas del río Aqueloo, junto con cuatro fuentes famosas en la Mitología y en la Historia (la fuente Castalia, ya citada; la fuente Dirce, en Tebas; la fuente Pirene, que hemos visto en Corinto; y la fuente Calírroe, en Etolia), son en la Mitología seres femeninos híbridos, con cabeza y busto de mujer; cuerpo, alas y patas de ave, semejantes, por tanto, a las Harpías [1], aunque, a diferencia de éstas, no habitaban bajo tierra o en cavernas sino en una verde isla sepulcral que unos situaban cerca del cabo Peloro (ahora Faro), en Sicilia, mientras que otros, los latinos, las situaban en las islas Sirenusas, cerca de Nápoles o en Capri, cuando, quizás lo más acertado sería incluirlas en el conjunto de las Islas Equínades, situadas en la desembocadura del río Aqueloo del que, en definitiva, eran hijas.
[1] Los términos "harpía" y "arpía" son ambos aceptados por la RAE y, aún cuando es el término "arpía" el utilizado de manera constante en la actualidad para referirnos a una persona codiciosa o aviesa, me he decantado por la denominación de "harpía" por ser éste el término que con mayor frecuencia aparece en la mitografía para referirse a estos seres.
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