Un oráculo era un lugar de consulta directa a los dioses al que los griegos y no griegos acudían con el fin de combatir la incertidumbre que cualquier decisión trascendente a tomar lleva consigo. De esta manera, ya de forma individual, ya de forma colectiva, mediante el envío de una delegación, un ciudadano o una polis en su conjunto sometía a la consulta del oráculo todo aquello que presumiblemente habría de tener una especial relevancia en el futuro. Así, se consultaban toda suerte de circunstancias: si era conveniente iniciar un negocio, si era adecuado desposarse con esta o aquella pretendiente, qué resultado se obtendría si se iniciara una guerra contra aquél enemigo, qué medidas tomar para erradicar una calamidad que azotaba la ciudad, etc.
El aspecto más característico de los oráculos es su consideración, por parte de los antiguos griegos, como absolutamente infalibles, de tal manera que la posibilidad de evitar su cumplimiento es racional, en definitiva, es real, sólo cuando se trata de oráculos condicionales, en los que, en el propio contenido del oráculo, se prevé que si se cumple determinada condición, no ocurrirá el generalmente funesto suceso a que alude el resto del oráculo; mientras que, cuando se trata de oráculos absolutos, no existe posibilidad alguna de evitar su cumplimiento pues el oráculo mismo no contempla la posibilidad de eludirlo. Resultan, por tanto, irracionales y absurdos cuantos intentos tengan por finalidad el impedir el cumplimiento de un oráculo absoluto puesto que el dilema es evidente: o los oráculos son verídicos, y entonces nada se puede hacer por evitarlos, o no lo son, y entonces huelga hacer nada puesto que no merecen crédito alguno y no tienen por qué cumplirse. Sin embargo, en la Mitología, como veremos en algunos ejemplos (Edipo, Acrisio, etc.), resulta muy frecuente la irracionalidad de los protagonistas, que tratan por todos los medios de que los oráculos absolutos no se cumplan, aspecto este que puede considerarse como uno de los rasgos a la vez más humanos y más contradictorios de la misma. En efecto, esa irracionalidad, tan característicamente humana, se encuentra impregnada del ansia y de la voluntad de eludir las terribles desgracias previstas por el oráculo, como una especie de intento heroico de combatir lo inevitable y como si la voluntad humana pudiera llegar a pesar más que el destino. Sin embargo, pese a todos los intentos, tarde o temprano, los designios de los oráculos terminarán cumpliéndose de manera inexorable. No en vano son la palabra del dios.
Pese a lo que de lo anterior pudiera deducirse, los oráculos no sólo se encuentran omnipresentes en la mitología griega sino también en la Historia, por lo que no ha de resultar difícil comprender la enorme importancia que aquellos tuvieron en el devenir de los acontecimientos, pues, si como es cierto, todas las decisiones sobre asuntos trascendentes se sometieron a los designios del dios por medio de los oráculos, lo por éstos instado estará indefectiblemente inserto en el desenlace de los hechos sometidos a consulta, hechos que, en más de una ocasión, como veremos, decidieron el curso de la propia Historia.
Se ha especulado mucho acerca del origen de los oráculos, aunque la tendencia mayoritaria se inclina a situarlo en el Antiguo Egipto de los faraones, con el que las primeras civilizaciones helénicas, principalmente las civilizaciones cretense y micénica, mantuvieron una fluida relación comercial atestiguada por numerosos indicios arqueológicos.
En Egipto, el procedimiento oracular era mucho más sencillo que el profundamente elaborado procedimiento griego, de tal manera que aquí no solían formularse los oráculos en forma de sentencias sino que habitualmente eran las estatuas de los dioses las que con un movimiento emitían la respuesta que se les solicitaba. En efecto, durante las procesiones que tenían lugar con motivo de alguna festividad, las estatuas de los dioses eran sacadas de los sancta sanctorum de los templos sobre andas de madera portadas por los sacerdotes. Si durante la procesión se formulaba una pregunta al dios, generalmente Amón, éste asentía mediante una inclinación de su estatua o expresaba su negativa retrocediendo, todo lo cual era efectuado, naturalmente, por los movimientos realizados a tal fin por los sacerdotes portadores de la imagen.
Mediante un oráculo de estas características fue como Thutmosis III, aquel al que había humillado Hatshepsut, alcanzó el trono. En efecto, éste era hijo bastardo de Thutmosis II, por lo que a la muerte de la reina encontró una gran oposición ante la reivindicación de su derecho al trono. Sin embargo, en el transcurso de una procesión, mientras los sacerdotes transportaban la barca del Nilo con la imagen divina a través del templo de Karnak, el cortejo se detuvo ante el príncipe. Según habían acordado, los portadores del extremo posterior de la barca encogieron los hombros de modo que la imagen del dios se inclinó hacia delante pareciendo afirmar con la cabeza. De esta forma, tanto el pueblo como los cortesanos interpretaron este gesto como manifestación de la voluntad de Amón y el príncipe fue entronizado faraón con el nombre de Thutmosis III, quien sería uno de los más grandes soberanos de la muy dilatada historia del país del Nilo.
La institución del oráculo se convirtió también, en Egipto, en un medio para administrar justicia. Un empleado administrativo, al que se le había extraviado un paquete con telas de lino, planteó en Tebas, probablemente en el siglo XII a.C., una pregunta conmovedora. Con un papiro de 23.5 por 22 cm., se dirigió al dios y el escribano Hori se encargó de transmitir la carta: se habían perdido once telas y, si no volvían a aparecer, perdería su puesto y, además, temía ser condenado en el más allá. Por su parte, el papiro 10.335, conservado en el British Museum de Londres, refleja una problemática similar: Al hacer inventario, el encargado del almacén de un noble, llamado Amunenwia, descubrió la falta de cinco batas. Pidió una respuesta oracular a Amón leyendo el padrón de sus conciudadanos en presencia del dios. Cuando Amunenwia nombró al labrador Ptahwendi-Amun, la imagen del dios asintió con la cabeza. Sin embargo, el aludido negó el robo y, en una especie de recurso de apelación, solicitó ser llevado ante el oráculo de Amón de su propia aldea a fin de que dictaminase acerca de su culpabilidad. Así lo hicieron y el oráculo solicitado volvió a dictaminar que era culpable. Comoquiera que el ladrón continuaba sin reconocer su delito, el oráculo por él solicitado dispuso que fuera conducido a un tercero en presencia de gran número de testigos. El labrador fue convicto por tercera vez y se rompió, con ello, su resistencia, terminando por reconocer que había robado las batas y comprometiéndose a devolverlas. Tras ello fue condenado a recibir cien azotes con el nervio de una palma, al mismo tiempo de ser prevenido de que si quebrara su palabra de devolver las prendas sería arrojado a los cocodrilos.
Aun cuando es bien cierto que es en Grecia en donde los oráculos alcanzan su máximo prestigio y su máximo esplendor, también en Roma se habilitarán mecanismos para acercarse al conocimiento del futuro y para conocer el parecer de los dioses. Los primeros vestigios de estas prácticas se remontan, en Roma, al reinado del último rey, Tarquinio el Soberbio, durante el que fue llevada a Roma una recopilación de las profecías de la Sibila de Cumas [1] que, en adelante, fueron utilizadas para la adivinación. Se decía que esta sacerdotisa de Apolo, que realizaba sus profecías en una gruta, tenía a su cargo nueve volúmenes de profecías supuestamente hechas en diferentes épocas por diferentes sibilas. En una ocasión se presentó ante Tarquinio y le ofreció venderle los nueve volúmenes por trescientas piezas de oro, pero el rey rechazó precio tan desorbitante, por lo que la sibila quemó tres de los libros y pidió nuevamente trescientas piezas de oro por los seis restantes. Nuevamente Tarquinio rechazó la oferta y otra vez la sibila quemó tres de los libros, volviendo a pedir trescientas piezas de oro por los tres últimos. Esta vez Tarquinio no se atrevió a permitir la destrucción de las profecías finales y pagó lo que la sibila le pedía. En adelante, éstos, conocidos con el nombre de Libros Sibilinos, fueron custodiados en el Capitolio y consultados por los sacerdotes a fin de conocer los ritos apropiados con los que calmar la cólera de los dioses.
Pese a lo que de lo anterior pudiera deducirse, los oráculos no sólo se encuentran omnipresentes en la mitología griega sino también en la Historia, por lo que no ha de resultar difícil comprender la enorme importancia que aquellos tuvieron en el devenir de los acontecimientos, pues, si como es cierto, todas las decisiones sobre asuntos trascendentes se sometieron a los designios del dios por medio de los oráculos, lo por éstos instado estará indefectiblemente inserto en el desenlace de los hechos sometidos a consulta, hechos que, en más de una ocasión, como veremos, decidieron el curso de la propia Historia.
Se ha especulado mucho acerca del origen de los oráculos, aunque la tendencia mayoritaria se inclina a situarlo en el Antiguo Egipto de los faraones, con el que las primeras civilizaciones helénicas, principalmente las civilizaciones cretense y micénica, mantuvieron una fluida relación comercial atestiguada por numerosos indicios arqueológicos.
En Egipto, el procedimiento oracular era mucho más sencillo que el profundamente elaborado procedimiento griego, de tal manera que aquí no solían formularse los oráculos en forma de sentencias sino que habitualmente eran las estatuas de los dioses las que con un movimiento emitían la respuesta que se les solicitaba. En efecto, durante las procesiones que tenían lugar con motivo de alguna festividad, las estatuas de los dioses eran sacadas de los sancta sanctorum de los templos sobre andas de madera portadas por los sacerdotes. Si durante la procesión se formulaba una pregunta al dios, generalmente Amón, éste asentía mediante una inclinación de su estatua o expresaba su negativa retrocediendo, todo lo cual era efectuado, naturalmente, por los movimientos realizados a tal fin por los sacerdotes portadores de la imagen.
Mediante un oráculo de estas características fue como Thutmosis III, aquel al que había humillado Hatshepsut, alcanzó el trono. En efecto, éste era hijo bastardo de Thutmosis II, por lo que a la muerte de la reina encontró una gran oposición ante la reivindicación de su derecho al trono. Sin embargo, en el transcurso de una procesión, mientras los sacerdotes transportaban la barca del Nilo con la imagen divina a través del templo de Karnak, el cortejo se detuvo ante el príncipe. Según habían acordado, los portadores del extremo posterior de la barca encogieron los hombros de modo que la imagen del dios se inclinó hacia delante pareciendo afirmar con la cabeza. De esta forma, tanto el pueblo como los cortesanos interpretaron este gesto como manifestación de la voluntad de Amón y el príncipe fue entronizado faraón con el nombre de Thutmosis III, quien sería uno de los más grandes soberanos de la muy dilatada historia del país del Nilo.
La institución del oráculo se convirtió también, en Egipto, en un medio para administrar justicia. Un empleado administrativo, al que se le había extraviado un paquete con telas de lino, planteó en Tebas, probablemente en el siglo XII a.C., una pregunta conmovedora. Con un papiro de 23.5 por 22 cm., se dirigió al dios y el escribano Hori se encargó de transmitir la carta: se habían perdido once telas y, si no volvían a aparecer, perdería su puesto y, además, temía ser condenado en el más allá. Por su parte, el papiro 10.335, conservado en el British Museum de Londres, refleja una problemática similar: Al hacer inventario, el encargado del almacén de un noble, llamado Amunenwia, descubrió la falta de cinco batas. Pidió una respuesta oracular a Amón leyendo el padrón de sus conciudadanos en presencia del dios. Cuando Amunenwia nombró al labrador Ptahwendi-Amun, la imagen del dios asintió con la cabeza. Sin embargo, el aludido negó el robo y, en una especie de recurso de apelación, solicitó ser llevado ante el oráculo de Amón de su propia aldea a fin de que dictaminase acerca de su culpabilidad. Así lo hicieron y el oráculo solicitado volvió a dictaminar que era culpable. Comoquiera que el ladrón continuaba sin reconocer su delito, el oráculo por él solicitado dispuso que fuera conducido a un tercero en presencia de gran número de testigos. El labrador fue convicto por tercera vez y se rompió, con ello, su resistencia, terminando por reconocer que había robado las batas y comprometiéndose a devolverlas. Tras ello fue condenado a recibir cien azotes con el nervio de una palma, al mismo tiempo de ser prevenido de que si quebrara su palabra de devolver las prendas sería arrojado a los cocodrilos.
Aun cuando es bien cierto que es en Grecia en donde los oráculos alcanzan su máximo prestigio y su máximo esplendor, también en Roma se habilitarán mecanismos para acercarse al conocimiento del futuro y para conocer el parecer de los dioses. Los primeros vestigios de estas prácticas se remontan, en Roma, al reinado del último rey, Tarquinio el Soberbio, durante el que fue llevada a Roma una recopilación de las profecías de la Sibila de Cumas [1] que, en adelante, fueron utilizadas para la adivinación. Se decía que esta sacerdotisa de Apolo, que realizaba sus profecías en una gruta, tenía a su cargo nueve volúmenes de profecías supuestamente hechas en diferentes épocas por diferentes sibilas. En una ocasión se presentó ante Tarquinio y le ofreció venderle los nueve volúmenes por trescientas piezas de oro, pero el rey rechazó precio tan desorbitante, por lo que la sibila quemó tres de los libros y pidió nuevamente trescientas piezas de oro por los seis restantes. Nuevamente Tarquinio rechazó la oferta y otra vez la sibila quemó tres de los libros, volviendo a pedir trescientas piezas de oro por los tres últimos. Esta vez Tarquinio no se atrevió a permitir la destrucción de las profecías finales y pagó lo que la sibila le pedía. En adelante, éstos, conocidos con el nombre de Libros Sibilinos, fueron custodiados en el Capitolio y consultados por los sacerdotes a fin de conocer los ritos apropiados con los que calmar la cólera de los dioses.
[1] Cumas, ciudad de Campania, fue la primera colonia griega asentada en la península italiana, de ahí su conexión con el culto adivinatorio de Apolo. Fundada en 770 a.C. por los calcidios, pasó a los dominios de Roma tras la Primera Guerra Samnítica ( 344-341 a.C. ).
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